Soledad Gallego-Díaz, una periodista total
La última vez que me crucé con ella fue hace tres o cuatro años en la calle Víctor de la Serna. Éramos casi vecinos y coincidíamos con cierta frecuencia por el barrio. Me había confesado que aceptó la...

La última vez que me crucé con ella fue hace tres o cuatro años en la calle Víctor de la Serna. Éramos casi vecinos y coincidíamos con cierta frecuencia por el barrio. Me había confesado que aceptó la dirección de 'El País' por un periodo máximo de dos años que no quiso prorrogar. Pero también que añoraba el periodismo, que sentía el vacío de dejar las redacciones en las que había trabajado más de cuatro décadas.Soledad Gallego-Díaz murió este martes en Madrid a los 75 años. Por una curiosa paradoja del destino, su fallecimiento se produjo al día siguiente de la conmemoración del 50 aniversario de la salida de 'El País' cuando todavía no se habían apagado los ecos de la fiesta. Fue la primera mujer que dirigió la cabecera de Prisa. Sustituyó a Antonio Caño el 8 de junio de 2018, seis días después de la moción de censura que llevó a Pedro Sánchez a La Moncloa. Permaneció en el cargo hasta el 15 de junio de 2020, cuando Sánchez gobernaba con Iglesias en coalición y la pandemia se había llevado por delante a decenas de miles de ciudadanos.La primera decisión de Soledad Gallego-Díaz fue prescindir del equipo de Caño y renovar completamente la dirección del periódico, una decisión controvertida que algunos interpretaron como un gesto de acercamiento a Pedro Sánchez, cuyas relaciones con 'El País' habían sufrido altibajos.«Son las redacciones las que hacen grandes a los medios»Fue una periodista volcada al trabajo, directora adjunta con Juan Luis Cebrián, Joaquín Estefanía y Jesús Ceberio, corresponsal en Londres, París, Bruselas, Buenos Aires y Nueva York, delegada del periódico en Sevilla, Defensora del Lector y profesora de periodismo. Nunca tuvo otro interés, como ella misma decía, que cumplir con los estándares del buen periodismo, entre los que destacaba la rigurosa independencia del poder político.Fue, como escribió Guillermo Altares en su obituario, una referencia y un pilar ético para varias generaciones de periodistas. Sabía ser firme en sus convicciones, pero flexible en el debate. Le gustaba escuchar y argumentar. Soy testigo de que era una voraz lectora de libros de historia y que tenía una curiosidad intelectual fuera de lo común. Dos cualidades necesarias en quien aspira a ser un buen periodista.«Son las redacciones las que hacen grandes a los medios», apuntó al recibir en 2018 el premio Ortega y Gasset, muy poco antes de ser nombrada directora. La frase resume su filosofía y la esencia del oficio: el periodismo lo hacen los periodistas. Y el templo del periodismo son las redacciones. Probablemente, cuando decidió marcharse, echaba de menos la vieja redacción de 'El País', donde el sonido de las teclas de las máquinas de escribir era la música de fondo de la información.Fue corresponsal en Londres con Thatcher, los atentados del 11-S la cogieron en Nueva York y trabajaba en París cuando Le Pen comenzó su ascensoCuando empezaba en esta profesión, logró gracias a su tenacidad una exclusiva que todos sus compañeros anhelaban: el borrador de la Constitución de 1978, que los siete padres constituyentes y los partidos habían prometido guardar en secreto. Soledad trabajaba en 'Cuadernos para el Diálogo', una publicación semanal clave en los años finales del franquismo y en la Transición. El maestro Pedro Altares era su director.Soledad Gallego-Díaz comenzó a trabajar en la agencia Pyresa, integrada en la llamada Prensa del Movimiento, adscrita al régimen del yugo y las flechas. Fue despedida por hacer una huelga. Corría el año 1975 y el general Franco estaba vivo. Era ya una joven militante antifranquista, en consonancia con las ideas de su padre, José Gallego-Díaz, matemático y republicano, proscrito por el franquismo.Ya en 'El País' cubrió las negociaciones de ingreso en la Comunidad Económica Europea, fue corresponsal en Londres en la época de Thatcher, los atentados del 11-S la cogieron en Nueva York y trabajaba en París cuando Le Pen comenzó su ascenso.Era una persona, pese a su apariencia de seriedad, con sentido del humor y una bonhomía que le llevaba a apreciar los placeres de la vida, especialmente los buenos vinos, tal vez por influencia de Feliciano Fidalgo, su vecino.La última que nos encontramos, hablamos de la vanidad de los periodistas y del paso implacable del tiempo. «Creíamos que íbamos a ser jóvenes siempre y ahora nos damos cuenta de que somos más viejos que los que nos enseñaron el oficio», dije. Ella asintió, sonrió y siguió su camino.
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