La odisea de encontrar un libro en los tiempos de Instagram

ABC Cultura
23 de abril de 2026, 02:22
8 min de lectura

En la actualidad, el trayecto de un lector desde que ve una portada en un reel de Instagram hasta que acaricia el lomo de ese mismo libro en una librería es una coreografía diseñada por ingenieros que...

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En la actualidad, el trayecto de un lector desde que ve una portada en un reel de Instagram hasta que acaricia el lomo de ese mismo libro en una librería es una coreografía diseñada por ingenieros que nunca han pisado Malasaña. Aunque aún existen esos tipos de lectores que se siguen acercando a las librerías y que evitan la mesa de novedades, la tendencia es clara: debido al auge de las redes sociales hemos pasado de ser consumidores de cultura a ser consumidores de recomendaciones. Si te subes a la Línea 1 del Metro de Madrid, verás el síntoma: nadie mira al vacío buscando una idea; todos miran una pantalla que les dice qué pensar de su próxima lectura. La cultura ya forma parte de un 'feed' infinito, incluyendo la forma en la que hablamos de ella, sus noticias y el escaso margen de atención que se le presta. Esta mutación se hace tangible en las grandes superficies como la Fnac o la Casa del Libro, transformadas a menudo en meros centros de logística para el 'hype'. Ángel Yáñez, que es librero en la segunda, lo ha visto claro en los últimos años: «El cambio es radical. Antes, el lector venía a perderse; hoy viene a encontrarse con algo que ya ha visto en su casa», comenta mientras ordena una torre de libros con portadas de colores pastel. «Llegan con el móvil encendido, muestran un reel y dicen: 'Quiero este'. No preguntan si es bueno, preguntan si lo tenemos». Pero cuidado: no hay que meter a todos en el mismo saco. Al igual que una librería de barrio no se parece en nada a una gran superficie, una recomendación de Instagram no tiene el mismo peso que el consejo de un librero o el criterio de un profesional. Para la crítica y ensayista Mercedes Monmany , el ecosistema de las recomendaciones es útil, aunque saturado. «Los suplementos de libros son muy orientativos; incluso para mí, que escribo en ellos, sigo orientándome », señala. Añade que ese mapa se completa con otros espacios de lectura crítica, desde revistas culturales hasta críticos de referencia en distintos países, que permiten ampliar la perspectiva más allá del circuito inmediato. Pero para Monmany, el recorrido finaliza en el espacio físico de la librería. Allí es donde se decide buena parte de la circulación real de los libros. «Luego el circuito es ir a librerías. Son muy orientativas. Hay librerías con un gusto muy decidido, donde sabes que va a estar expuesta buena literatura, sin importar si viene de grandes o pequeñas editoriales». Sobre la irrupción de las redes sociales, su mirada es pragmática. «Hay que seguirlo todo, pero también descansar. La oferta es tan grande que hay que seleccionar», explica. En su caso, también incorpora esos nuevos canales a su rutina de lectura crítica: «yo sigo gente que habla de política o de literatura en Instagram, cuando es gente inteligente, interesante, ¿por qué no? ». Pero advierte que esa abundancia exige un filtro cada vez más consciente: «el problema es el tiempo. El día tiene 24 horas, y no se puede seguir todo». Hay quien prefiere dejarse guiar por recomendaciones y quien todavía disfruta del acto de buscar. Pero en cuanto uno se sale de la lista de novedades y no sabe bien a qué librería acudir, encontrar ese libro exacto que necesita se convierte, hoy más que nunca, en una auténtica odisea. Vamos a intentar buscar un libro sin hacer caso a las recomendaciones. Sales de casa con una idea que parece sencilla y que, sin embargo, irá adquiriendo una gravedad inesperada a medida que avance el día: encontrar un libro concreto y volver con él bajo el brazo. Es uno de esos títulos que existen pero que, por motivos difusos -la distribución, la moda, el algoritmo… esas cosas del hoy-, han dejado de estar donde deberían. Un libro que exige ser buscado. Y en esa exigencia empieza a revelarse algo más que una simple compra: el mapa real de la ciudad literaria. En el autobús sostienes el móvil con una lista de librerías guardadas en Google Maps. La has ido construyendo a partir de recomendaciones, hilos de redes sociales, vídeos, conversaciones que empiezan con un «tienes que ir a…» y terminan con un nombre subrayado en la memoria. Te consideras, en cierto modo, un lector militante, alguien que se resiste a los circuitos más obvios de compra. Piensas que algún día publicarás algo propio. Crees que muchas historias podrían empezar exactamente así. El que lee mucho y anda mucho ve mucho y sabe mucho, decía Miguel de Cervantes. La primera parada es la Cuesta de Moyano. No es casual. La cuesta funciona como una puerta de entrada a una idea romántica del libro: casetas de madera, volúmenes que han pasado por varias vidas, libreros que recuerdan títulos sin necesidad de buscarlos en una base de datos. Preguntas en una de las casetas por el libro. El librero te pasa uno abierto por la mitad, que no es el que buscas, pero que aun así te tienta: un ejemplar de 'Pabellón de reposo', de Camilo José Cela. Te dicen que este «ha salido poco pero bien», que a veces lo que no se mueve demasiado es lo que mejor aguanta el día. Y, sin saber muy bien por qué, lo compras. Sigues avanzando entre casetas. Ves un ensayo sobre el colapso climático junto a novedades que ya parecen viejas antes de abrirse, una novela de autoficción con cubierta aséptica, un poemario que parece pensado para ser fotografiado antes que leído. No te fías demasiado de las novedades: te producen una desconfianza inmediata. El siguiente destino es Cervantes y Compañía, donde su librera, María Felices, describe cómo se construye todavía hoy el criterio en el mostrador. «Mi forma de recomendar siempre es preguntar qué es lo último que se ha leído, qué es lo que le ha gustado, qué es lo que le pide el cuerpo, en qué estado anímico está también, porque puedes recomendar muchas lecturas pero tienen que ver mucho con el momento vital en el que te encuentras y qué es lo que necesitas, sobre todo qué te pide el cuerpo». La recomendación, más que una respuesta, es una lectura del lector que tiene delante. También señala cómo ha cambiado la llegada a la librería en los últimos años: «Hay muchos lectores que, bien por timidez o porque tienen sus prescriptores en redes sociales, llegan ya con una idea muy clara, pero mientras vengan a comprar libros, yo no tengo ningún problema». Y cuando alguien le pide simplemente «lo que tú quieras», la elección nunca es automática: «Suelo recomendar cosas que me gustan, pero también adecuadas a la persona que tengo delante. Valoro su edad, su recorrido como lector. A partir de ahí, decido». En La Latina, más concretamente en La Verbena, repites el ritual. Preguntas por el libro, y la librera, María, duda. «Creo que nos queda uno», dice antes de desaparecer entre las estanterías. La espera se alarga ligeramente, y ves cómo 'Violet', de Virginia Woolf está repetido, publicado por dos editoriales distintas, una al lado de la otra en el montoncito de novedades. Los clásicos repitiéndose como producto. La librera regresa, pero sin el libro. «Se vendió ayer». ¡Has estado cerca! Decides, de todas formas, preguntar por lo que se está vendiendo más, solo por ver qué tal le va a la mesa de novedades. María señala 'Seismil' de Laura C. Vela, 'Han cantado bingo' de Lana Corujo, y 'Las gratitudes' de Delphine de Vigan como los favoritos de los lectores. Caminas por calles donde el café de especialidad, las tiendas cuidadas y los locales restaurados han ido desplazando el azar. Todo parece seguir un guion; incluso encontrar un libro parece ya una experiencia diseñada. Bajas hacia Lavapiés, donde las librerías todavía conservan algo de desorden. Entras en una de ellas, preguntas por el título. El librero se detiene, piensa, desaparece y vuelve, por fin, con tu libro: una edición cuidada de 'La busca', de Pío Baroja. Lo abres y lees un fragmento del prólogo. Lo has escogido porque te interesaba seguir a alguien que recorre Madrid sin rumbo fijo, probando trabajos y calles, hasta acabar entendiendo la ciudad desde abajo. Vuelves a casa en el metro observando a la gente absorta en sus pantallas. Al llegar, tu pareja te mira desde el sofá. Le tiendes el libro sin decir mucho. En tu viaje te das cuenta de que el se conquista, se desvía, se pierde y se recupera; ese rodeo es precisamente su forma de sentido. No te has dado cuenta, pero nadie te ha recomendado este día.

Fuente original:ABC Cultura

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Los detalles completos del acontecimiento deportivo se recogen en el artículo.

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