Un, dos
No hay mejor definición de una adolescente que la incomprensión. Ni imagen que la de tumbada en la cama, mirando al techo, regocijándose en una sensibilidad de poeta soterrada; aislada de un entorno h...

No hay mejor definición de una adolescente que la incomprensión. Ni imagen que la de tumbada en la cama, mirando al techo, regocijándose en una sensibilidad de poeta soterrada; aislada de un entorno hostil con unos auriculares de orejeras y cable, que le susurran al oído versos tan egocéntricos y machacados como que dentro de mi ser hay un fuego que nadie ve, que somos dos afluentes yendo a parar a un océano de sal, etc. Sí: la música fue, para la mayoría de chavalas y chavales, una vía de entrada –o escape– hacia el ansiado y supuestamente soberano mundo de la adultez. Pero en el umbral de mi infancia tardía, subyugada por unos cambios hormonales canalizados en montañas de lágrimas y pus, descubrí que las canciones también podían ser disfrutadas fuera de casa y tejer puentes con iguales. Y no, no fue debido a tener por banda sonora a los Backstreet Boys o las Spice Girls, con sus actitudes alentadoras de boy scout; eso sólo sucedió gracias al invento de moda del radiocasete. Todos sabemos que el curso escolar puede ser tan largo y tedioso como la sala de espera del INEM. Pero si en mi época púber algo nos salvaba de querer ahogarnos con una bolsa de plástico cada mañana al sonar el pitido estridente del despertador, era recordar que, en medio de un horario lectivo conformado por clases impartidas o bien por profesores resentidos pro-Aznar, o bien por blandengues recién licenciados, nos aguardaban unos treinta minutos de recreo. El sonido de la campana nos indicaría que ya pueden cerrar sus libros de texto y nosotras saldríamos disparadas al patio, cual presos liberados, para gozar de ese tocho y preciado objeto de plástico. Nos empezaron a crecer las tetas en los dos mil, así que los radiocasetes que se vendían ya eran muy modernos: tenían reproductor de CD y de casete, aunque este último compartimiento apenas lo utilizábamos porque solo los pajilleros que paraban a repostar cerca de Albacete compraban cintas folclóricas. También llevaban incorporada una antena de radio extensible, que luego quedaba bien escondidita cual picha en río congelado; y una opción grabadora de mixtapes, para las que venían de una casa de educación castradora en la que solo les dejaban jugar al ajedrez. Pero lo más importante de este aparato electrónico eran sus altavoces: prominentes. Capaces de disparar el pulso a quienes nos colocábamos en fila y delante, y de imponer al resto del colegio un hit que escuchar. Antes de pisar el pavimento, con áreas de baloncesto y porterías señalizadas con tinta blanda, ya sabíamos qué trozo teníamos que ocupar: en una banda de chicas, y más cuando está conformada por la endogamia de alumnas de una misma clase que rivalizan con la de al lado, todo es un ejercicio militar. Nos poníamos en posición, chequeábamos a nuestro alrededor que todo estuviera en orden y, entonces, alguien le daba al botón de reproducción; sonaba la canción y un, dos: empezábamos a bailar. Un, dos; tres, cuatro: volvamos. Un, dos. Que no tía, que no: lo haces mal; mírame a mí, ¿ves? Nos inventábamos coreografías para la sintonía de la serie de moda y, cuando llegaba el buen tiempo, para el nuevo éxito del verano. Como nos obsesionaba que quedaran perfectas y, para ello, todas teníamos que ir a la par, nos convertimos en policía de la compañera a la vez que testigo llamado a declarar. Señalábamos, sin piedad, a la repetidora zurda que volteaba a la derecha; le repetíamos, a la raquítica ortopédica, que debía exagerar muchísimo más la sacudida de caderas. No había ni un resquemor de benevolencia: debíamos ser impecables. Y al mínimo fallo: ¡pause! Y a repasar el un, dos; y vuelta a empezar. Nuestro propósito común era relucir como una legión de robots entrando a pie por la ciudad; ser una masa, homogénea e impersonal de manos y pies sincronizados. No nos podíamos permitir empatía con la que se encontraba sufriendo su primer rechazo amoroso y sin fuerzas para brincar. La flojera emocional solo era una fisura en la meticulosidad de la misión. Un, dos; a ver, vuélvelo a hacer. Un, dos: sí, así mejor. Vale, ¿todas preparadas? Eo, tú: ¡play! ¿Pero quién era la encargada de custodiar, entre unas piernas que se abrían como las de una mártir del arrancacebollas, el radiocasete? ¿Quién era la que lo escondía bajo sus pliegues de carne, evitando así que recibiera los balonazos de los niñatos que jugaban a fútbol al otro extremo de la pista? Pues una anónima. Una sin nombre, porque no lo merecía: no cumplía los requisitos mínimos para ser de la pandilla. Porque no tenía el carisma de la Britney Spears ni la delgadez de Kate Moss: mucho menos el desparpajo de Ana Obregón. La verdad que esa presencia femenina, nuestra ama de llaves musical invisible, era solo tímida y, en el peor de los casos, mustia como una ciruela deshidratada. Pero nosotras, tan campantes: no nos sentíamos culpables porque no nos habían señalado que la exclusión fuera un maltrato. Solamente no la habíamos invitado a hacer un, dos; no le habíamos soltado eres una Cuasimodo y nadie te va a tocar con un palo. De hecho, le habíamos adjudicado una tarea y bien fácil: perder cada día todo su tiempo de descanso en la misma postura cómoda mientras nos miraba en silencio al son de una melodía, boquiabierta. Deseando ser como una de las nuestras: seguras, bellas. Magnéticas. Y es que no éramos un equipo de animadoras, pero casi. Hacíamos mambos, piruetas; flexionábamos las rodillas hasta el suelo y nos volvíamos a poner de pie con los brazos tan abiertos como un paracaidista. Danzábamos coordinadas, sí: pero también conjuntadas: no nos valía con movernos al mismo tiempo y ritmo, sino que la propia imagen resplandeciera. O nos hacíamos todas con dos coletas o ninguna; o aparecías con vaqueros acampanados o fuera. Una vez la líder, que obviamente solo lo era por hija de puta, le dijo a una con el brazo roto que no podía ensayar hasta que no le quitaran el yeso; pero que debía quedarse a observar, no fuese que se perdiera nuevos pasos. Habíamos descubierto, en definitiva, la mirada ajena. No, perdón: la masculina. El objetivo de exhibir nuestro baile en la fiesta de fin de curso, o en la fecha que indicaba el cartel con el que habíamos empapelado los pasillos, no era otro que hacer un y dos, un y dos delante de unos chicos engominados con pelo pincho. Y que cuchicheasen entre sí; y susurraran: qué bien lo hace y qué buena está, esa es la que más me gusta, sin duda. Y que, en definitiva, la piba sobre la que cotillearan fuese una misma, como un concurso de mises. ¿Fue ese pasatiempo afrontado como una cuestión de Estado el culpable de forjarnos un carácter intolerante a la frustración? ¿Y ese cacharro que irradiaba los temas del momento a todo trapo, el silbato de un árbitro inclemente? Por supuesto que no: fue mucho más que eso. Gracias a ese trozo de huevo gigante con forward, rewind y mil opciones más, hoy entro en un club y me muevo desvergonzada delante de bafles y apareando zancadillas sobre un suelo mojado de cerveza ardiente. El radiocasete permitió que, durante esos años en que solo esperas que la vida deje de ser una contemplación aburrida de unos mayores estridentes, unas niñas creasen su propia escuela de danza autogestionada. Y que aprendieran a sobreponer la compenetración de grupo a los codazos y tirones de pelo entre particulares. Fue el empeño por sofisticar un proyecto compartido, amortizado en devolver con los movimientos del cuerpo la energía de unas notas concatenadas, lo que nos hizo creer que la constancia implica mejoría, y que el triunfo personal nunca luce ni se disfruta tanto como el colectivo. Y que, después de tanto esfuerzo y ceños fruncidos en un marco de decibelios y ociosidad, una siempre topa con la misma conclusión: convertirse en una mujer desinhibida y sensual supone pagar demasiados peajes. *Andrea Genovart es escritora, su último libro publicado es ‘Consumo preferente’ (Anagrama, 2023).
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