Procesión, ignición
Me despierto pensando en gente muerta. A lo largo del día conjeturo, investigo, reconstruyo lo que pudo ocurrir con este hombre o aquella mujer, con los cientos de seres humanos que inspiran los perso...

Me despierto pensando en gente muerta. A lo largo del día conjeturo, investigo, reconstruyo lo que pudo ocurrir con este hombre o aquella mujer, con los cientos de seres humanos que inspiran los personajes de las novelas que leo y escribo. Mi pensamiento es forense y mi memoria funeraria. Justamente por eso, porque la muerte me propone preguntas, la vida me resulta extraordinaria en sus manifestaciones más elementales: la yema del peral, el viento que mueve las ramas, el acontecimiento de una respiración o el temblor que produce una idea. Esta semana, sin embargo, el mundo se ha manifestado con una fuerza excepcional.El pasado miércoles, el despegue de Artemis II volvió a poner en evidencia esa necesidad de conocer que singulariza al ser humano. El cohete Space Launch System (SLS) se elevó con una potencia descomunal. Con casi cien metros de altura, su lanzamiento fue un espectáculo de fuego, humo y estruendo. Combustible, propulsión, física. La plasmación exacta de lo que el ser humano puede llegar a encarnar en su profundo deseo de colegir. En 1804, como parte de sus versiones de las tragedias de Sófocles, Friedrich Hölderlin tradujo 'Antígona', una versión que todavía hoy se caracteriza por su estilo literal y singular. En esa traducción, Hölderlin toma un verso original del coro de la Antígona de Sófocles que habla de lo 'deinós', algo a la vez admirable e inquietante. Hölderlin lo traduce como 'ungeheuer', es decir, desmesurado o fuera de medida. «Mucho es lo desmesurado, pero nada más desmesurado que el hombre». En su extracción de sentido –el milagro traslaticio por excelencia– Hölderlin propone al ser humano no sólo como un ser admirable en su capacidad de generar sorpresa, sino también como algo excesivo y difícil de abarcar. Un acontecimiento vital que se derrama y se muestra en el exceso. Aquello que es capaz de hacer nos redime a la vez que nos horroriza. Justo en los días de la Pascua cristiana, cuando se conmemora simbólicamente –a través de procesiones, representaciones e imágenes– la resurrección de Jesucristo tras su crucifixión, Artemis II se muestra ante nuestros ojos como un acontecimiento esencial: el ser humano, empujado por su necesidad de conocimiento, es capaz de despegar los pies del suelo. Al mirar la tierra, el ojo humano entiende y ve mucho más que terrones o polvo, ve mucho más que tierra, de la misma forma en que cualquiera de nosotros puede percibir en la tradición algo más que repetición. La paradoja de las imágenes que se alternan en estos días en nuestra retina –procesión e ignición– pone de manifiesto aquello que Hölderlin desentraña del griego con el que Sófocles hace hablar a la hija de Edipo. El ser humano ansía siempre algo más. Su insatisfacción es perpetua y prodigiosa –también trágica, como la Emma Bovary de Flaubert–, de ahí que pergeñe las más variadas estructuras para entenderse a sí mismo y el lugar que habita.
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