El traspiés de Foo Fighters y el réquiem de Irmin Schmidt
Esta es la selección que han hecho los críticos de ABC de los discos que se han publicado esta semana. Vamos a ir al grano: el último disco de los de Dave Grohl te deja frío. Dudo que alguno de sus te...
Esta es la selección que han hecho los críticos de ABC de los discos que se han publicado esta semana. Vamos a ir al grano: el último disco de los de Dave Grohl te deja frío. Dudo que alguno de sus temas se vaya a instalar de manera perpetua en los setlist de la banda en directo. Puede que sea injusto esperar siempre un 'Wasting Light', pero ha de existir un término medio. Vale, tiene músculo, guitarras gruesas, bases que empujan, pero le falta esa sensación de apabulle que hacía que todo pareciera a punto de romperse. Hay temas que funcionan, sí, pero otros parecen maquetas bien producidas, sin la chispa final. Es un álbum honesto, incluso íntimo por momentos, pero también irregular: sube, baja y nunca termina de despegar del todo. La calidad es indudable y el grupo parece haber encontrado en Ilan Rubin al batería definitivo, aunque fuera del tema que da título al disco y que ya habíamos escuchado, dice poco. Cañero por momentos, melódico al estilo Grohliano en otros ('Unconditional') y muy inspirado a veces ('Child Actor'), aprueba por los pelos. Mark Kozelek tiene tanta mala hostia como incontinencia creativa. En la última década, entre exabruptos, malos modos con la audiencia y suspensiones de conciertos por razones inverosímiles –ríete tú de Morrissey–, el ex de los añorados Red House Painters va casi a álbum por año, a veces, incluso dos. Y con este epé de cuatro canciones y duración de elepé (37 minutos), el de Ohio sigue demostrando que, a pesar de sus malas pulgas, es capaz de hacer canciones bonitas y, además, experimentales. Un win-win. Ahí está 'New Orleans Morning', unas delicadas y deslavazadas notas de piano que desembocan en una especie de rap o diatriba a lo Gil Scott-Heron. Bingo. Y el caramelo de este trabajo, 'Oh My Mother', en el que Kozelek se pone el traje de siempre, el que le convirtió en una figura de culto del folclore americano de los 90, para llorar a su madre en un precioso lamento de más de nueve minutos. Conozco a promotores y seguidores que han roto los discos del gruñón después de alguno de sus desplantes, pero como en las relaciones tóxicas, el cabrón (casi) siempre acaba tocándonos la fibra. A la altura del minuto 4 de la segunda mitad de este 'Requiem' se pone a llover, y enseguida aprieta, y luego empieza a gotear sobre un recipiente, marcando el ritmo, cada vez más fuerte, y luego fluye el agua por el suelo, plano sonoro que llega a anteponerse a la propia lluvia que desde arriba lo ocasionó todo, hasta que el piano pone orden y absoluto silencio. De golpe, con violencia. La primera parte comienza con el canto de las ranas, de noche. Así todo. Es la forma que, camino de ser nonagenario, ha tenido Schmidt de componer su particular 'Requiem', trabajo que sobresale por su heterodoxia y su radical alejamiento de un género al que de forma encubierta o a las claras se han acercado muchos autores procedentes del pop, de Bowie a Sakamoto, por no ir muy lejos. De formación clásica, el fundador de Can renuncia a cualquier academicismo y rompe con la pana, sinfónica o de cámara, en un canto fúnebre en el que es difícil determinar qué o quién muere, o quién lo mata. A partir de grabaciones de campo, la naturaleza sigue su curso mientras el hombre –al piano, preparado o clásico– interrumpe su ciclo. Sepa Dios. La entrega final de Jessie Ware en su trilogía de resurrección de la música disco –que comenzó allá por 2020 con su cuarto disco, el excelentísimo ‘What’s your pleasure’– llega sin tanta novedad como las dos anteriores, pero muestra a la británica cómoda en el nicho que se ha creado ella sola tras pivotar a su sonido actual. Casi todo ‘Superbloom’ serviría para bailarlo –de hecho, los látigos y la melodía electrónica de Morricone en ‘El bueno, el feo y el malo’ de ‘Ride’ debutaron en el garito queer de Glastonbury, NYC Downlow– salvo la balada ‘16 Summers’, que parece fuera de lugar en un disco que tiene el sexo como uno de sus temas fundamentales. Divertido, sensual y en busca de la trascendencia pero sin llegar a la altura de los dos anteriores, que lo hacían de manera orgánica.
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